Conjunto de Notas

-”Deposite $1.75 para aceptar la llamada…”- La voz sonaba desinteresadamente fría y cybernética. A lo lejos escuchaba el sonido de las campanas de una iglesia, esas que no fueron coloniales ni tampoco pudieron comprar altos y sonoros bronces, más bien eran de 25 watts taiwaneses en disonante volumen. El sonido terminó abruptamente y fue reemplazado por un ambiente enrarecido, una estática digna del telégrafo, seguido del golpear de dos barras de acero macizo, una contra otra en forma de cierre.

-”Stu, estás allí?”-

Por un momento la línea quedó en silencio, y al repetir la pregunta Stu respondió:

-”Hola, … Si, aquí estoy…”

-”Stu… bendita sea tu voz, gracias por atenderme. Sé que es difícil de entender …Yo ya no sé que creer. Creo que esta vez fueron demasiado lejos… Cindy me dijo que había hablado contigo, cuéntame, cómo estás, cómo va tu vida?-

Stu se rascó su pelo caoba con puntas claras, y luego casi como un tic nervioso pasó una de sus uñas por su nariz negra.

-”Cómo rayos puedes terminar en un sitio como ese? Que tipo de mierda es esta Marty?-

Stu estaba cansando. La vida a veces nos tira pelotazos rápidos, Stu prefería atajar los que sabía que podía contener, aunque ello a veces le trajera problemas. Pensó que los problemas con los otros eran fáciles de resolver, los propios eran acaso los difíciles de evadir. La voz de Marty estreyó la conversación:

-”Stu, yo estoy bien… Lo bien que uno puede estar en este infierno…Yo sé que me has ayudado en todo lo que te he pedido…Stu, te lo pido por favor… aquí la gente no es tan mala…Simplemente yo no tengo nada que ver aquí, esto es todo un gran error.

Luego de escuchar la palabra error, Stu se puso más tenso de lo que ya estaba. No podía contener su cólera, contenida por ser parte de la vida de Marty. Internamente Stu sabía que había una razón por la cual pasaba todo esto, no, no podía ser casualidad, el mundo no podía estar complotado…Que una invisible organización secreta, se hubiera ensañado con Marty y halla hecho fracasar cuanto proyecto o respiro este pronunciase. Nuevamente se preguntaba porque siempre debía quedar en el medio, se lo preguntaba una y otra vez mientras le subía la presión.

-”No creo que pueda ayudarte esta vez… Estaba llamando para decírtelo. Yo me bajo aquí… no puedo seguir dentro de tus mentiras… Sabes… habíamos hablado, me prometiste que ibas a intentar algo distinto, un trabajo en alguna universidad o alguna cosa normal.”

Marty estaba de pie, su pelo marrón estaba perdiendo el color. Sabía que sus mejores años quedaban unas cuantas millas detrás de donde estaba, y eso también era decir mucho… Internamente se preguntaba cual había sido su mejor año… Recordó la casa de sus padres. Esa casa en en la campiña que aborrecía y añoraba desde que partió. No podía dejar de pensar en aquel césped verde y amarillo, dos colores que no había vuelto a ver con semejante intensidad desde que marchara. Se compuso y respondió:

-”Te prometo que las cosas esta vez serán diferentes…”-

Mintió pensando que era lo que Stu quería escuchar. Pensaba que ya no podía caer más bajo…

Stu comenzó a caminar con el teléfono celular, sus orejas siempre sobresalieron de su alargada cara. Su pelaje marrón oscuro le cubría todo el cuerpo, hoy estaba particularmente atento a su respiración que comenzaba a acelerarse. Había afilado sus pezuñas hace poco, lo hacia mas como una tradición que por una necesidad. Su corazón latía rápido y profundamente.

-”No puedo ayudarte más… Cindy me contó tu fantástica historia…Otra de tus fantásticas historias… Cómo puede ser que nuevamente estás en problemas ?”.

-”Tengo que ser fuerte, te necesito Stu, no sabes lo que es esto. Yo fui a la frontera, tenía las garantías que me dejarían pasar, pero esos malditos se burlaron de mi…Necesito que estés de mi lado Stu, necesito de tu ayuda. Recuerdas el viaje que hicimos la última vez?

-”No creo que pueda dártela esta vez papá…”-

Al decir esto, Stu sentía una lagrima llegar a su hocico y luego su cuello, se deslizaba por entre sus pelos más oscuros y se perdía en su pecho para evaporarse eternamente. Sintió que eran más de una. Se movió bruscamente hacia un lado y sin darse mucha cuenta derribó una silla y un estante lleno de libros. Miró como un libro del bosque Malheur caía lentamente al piso. Marty siguió:

-”Stu, tu eres lo único que me mantiene cuerdo en este lugar, el saber que tu estás allí y puedes ayudarme … Yo no he hecho nada malo…”-

Stu rechinó sus dientes y su furia podía oírse del otro lado de la línea.

-”Y entonces por que estás allí ? Llamándome para que una vez más repare lo que haz roto…”-

Cuando Stu terminó de hablar, miró por la ventana del décimo piso y se detuvo en un globo amarillo que ascendía silenciosamente en el cielo gris. El globo subía por entre las casas y edificios sorteando marquesinas y cables de alta tensión hasta que por fin se liberaba, se perdía en el horizonte abierto.

-”Yo sé que no siempre he estado para ti Stu, te prometo que las cosas cambiarán, que encontraré a los culpables que me pusieron aquí…”-

Marty se vio interrumpido cuando volvió a escuchar a la fría y distante voz metálica del otro lado del teléfono:

-” Por favor deposite $0.50 centavos para los próximos 2 minutos.”

Un enorme oso desteñido y oscuro estaba parado, casi petrificado frente al teléfono público de la pared. Lentamente bajó uno de sus brazos mientras mantenía el auricular junto a su oreja. Se lo veía cansado y herido, una hemorragia de emociones que lo recorría de sus pezuñas del pie hasta sus crispidos pelos de la cabeza. Tenía gran parte del cuerpo colgando, y una mirada perdida en los grafittis grabados en la pared. Miró nuevamente el teléfono público, miró la parte superior en donde hace un rato había varias monedas. Un brazo ajeno golpeo su espalda:

-”Eh, oso, déjame usar el teléfono cabrón…”-

Marty se movió silenciosamente a un costado sin mirar. Cualquier costado era igual, no tenía a donde andar.

Cuando volvió a su celda, pensó en la familia que tuvo, y en su hijo.

Sabía que pronto le llegaría su momento, podría contar su historia y salir de aquel lugar, el momento de la verdad pensó. Dio una vuelta y se echó a dormir.

D. Waisman

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