Noviembre 14, 2008...10:39 pm

La casa de la infancia

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Descendía por la carretera de la cordillera central.  Había Pasado el alto de la Línea. La neblina no dejaba ver más de 10 metros. El frio era insoportable, penetraba las latas del automóvil inmovilizando mi cuerpo. El olor a bosque de pinos no pasaba inadvertido. La frescura de la mañana de los Andes me daba los buenos días. Recordaba cuantas veces de pequeño me preguntaba mirando a las montañas  “¿quién será el afortuna de poder viajar a la capital el día de hoy?”. Y ahora que vivo en ella, solo puedo decir que afortunas son esas  personas que viven en el pueblo.

A la altura de la virgen negra “patrona de los camioneros”, subía la temperatura y se infiltraba los primeros rayos de sol. Mama me conto la leyenda una vez al pasar por el monumento. “todo comenzó cuando un camión, el cual perdió los frenos en pleno descenso, se incrustó en la piedra negra de la montaña; salvándolo del precipicio. Al salir el chofer con vida, vio la imagen de la virgen.”   Se comenzaban a ver los cafetales; en una armonía misteriosa, con unas gamas de verdes impresionantes, junto a los  platanales y guaduales gigantes.  En ese instante pude ver a la distancia la casa de los abuelos.

A pie del portón de hierro pintado de blanco con vidrios amarillo, me encontraba dispuesto a tocar cuando la señora de la tienda me dijo:   “Señor,  ellos se fueran hace rato para la iglesia, es mejor que se vaya directo para el cementerio”.  La casa la veía  más pequeña, aunque ocupaba junto con la escuela Santander la cuadra entera.  Con una arquitectura moderna para la época y  de tres pisos de altura. Presentaba en su primer piso una tienda; me acuerdo cuando fue una heladería, otra vez una carnicería, y hasta una fábrica de chocolates.  Además tenía apartamento con garaje y  un sótano; el cual siempre le tenía miedo y lo odiaba por ser la prisión de mis libros. Miré hacia la ventana derecha  del segundo piso con la esperanza de ver a mi tía Any salir por ella y saludarme.

Rumbo al cementerio observé los lugares visitados de pequeños con mis tíos: el barrio cacique,  el Polideportivo, el parque Simón Bolívar. Cuando pasaba por el pasaje Santa Fe;  sitio donde por años estuvo la oficina de mi tío, contador de profesión y sabio de naturaleza.  Me vino a la cabeza la historia contada por unas señoras a la cual él les hacia la declaración de renta. “una semana después de la muerte de Don Fulvio fuimos a buscarlo para la venta de una finca, nos hizo el favor y no nos cobró. Un mes después nos dimos cuenta de la fecha de la muerte del difunto. Dios lo tenga en la gloria.”

Me dirigí por la Avenida Colón, para mí era la gran avenida y al final de esta se encontraba el sitio más temido por mí. “Después de escuchar un cuento donde el protagonista se quedaba encerrado dentro de un pabellón y en la noche salían los muertos a seguir con su vida.” Vi la cantidad de carros aparcados y me dirigí al interior, vi a mi primo en un estado inconsolable. Había estado con mi tía en sus últimos años, los cuales los paso prostrada en una cama. Observé el ataúd el cual estaban introduciendo en la caverna.  Viví la escena  más fuerte del ser humano. Cuando se siente mortal, vulnerable e insignificante. Veía caras familiares pero poco conocidas. Muchos no sabían quién era yo, y deducían por mi cara que era de la familia. Hasta que mi primo rompió los llantos y mormullos diciendo “vámonos para la casa”.

Al entrar por la puerta principal de la casa, se subía las escaleras.  Pasando la segunda puerta de madera con vidrios, se entraba en un mundo detenido por el tiempo. La sala con los mismos muebles, el comedor con la repisa llena de juegos de cerámicas de los abuelos,  la cocina con el molino para el maíz de las arepas, el cuarto de hornear el pan, la cama de mis abuelos, las gemelas de mi mama y mi tía Dalila.  Las fotos de toda la familia es el cuarto de la esquina, donde se encontraba las maquinas de coser, maquina contadora de mi tío, fotos de los abuelos en su matrimonio y lugar donde una vez guarde todos mis revistas tales como Kaliman, Santo, Memin y libros entre ellos Ficciones y Las mil y una noche. Estos últimos  fueron a parar al sótano aunque nunca más se encontrados.

Pase por el baño que daba al patio. Se estaba colocando la crema de afeitar. No le quitaba el ojo de encima y le preguntaba: “¿Sera que a mí me va salir barba cuando se grande?”. Y pasó mi primo diciendo “oigan a este, con la voz que se manda y disque pidiendo barba” y mi tío con su sabiduría respondió “sí, tu papá tiene barba muy posible a ti te salga”. No me acordaba si mi papa tenía barba o no, había pasado tanto tiempo desde el viaje a de mis padres a Londres.  Me sentía traicionados por ellos. Y  Ni al teléfono les respondía.  Siendo así  los libros mi único refugio  y mejores amigos.

En la cocina de cerámica blanca estaban haciendo un chocolate batido con clavos y canela. La cocina para la familia era  un lugar sagrado, donde se encontraba todo en abundancia y frescura.  Se decía  “Donde come uno puede comer  la familia, los trabajadores, la visita y los vecinos”.  En una de las paredes se encontraba la colección más amplia de platos traídos de diferentes puntos del mundo, a otra una ventana la cual en horas de la noche siempre pensaba que me estaban vigilando. El garrafón de  con aguapanela no pedía faltar. Se me vino a la cabeza cuando mi tía hacia tortas, gomas, chocolates y toda tipo de decoraciones para fiestas y yo era consumidor numero uno de las sobras.

Me dirigí a la terraza, lugar de culto de los juegos, localizada en el tercer piso de la casa. Era el sitio donde me sentía con libertad y soñaba;  que algún día iba salir de esas montañas para viajar a los mundos los cuales visitaba con mi imaginación. Desde un sector se podía observar el patio de la escuela, templo educativo de muchos primos, hermanos, amigos y de mi mismo. Siempre había estudiado en colegios de curas jesuitas, pero para mayor control de mi tía termino por registrarme en una escuela pública.  Allí aprendí cosas de la vida como tener dinero era un privilegio de pocos y ser pobre una realidad cruel.  Me hice amigo de hijos de recogedores de café, mecánicos de camiones, campesinos y de gamines; personajes interesantes para mí, porque aunque vivieran en la calle sabían leer y escribir, y eran de los mejores de la clase.  Jugábamos en el descanso al escondite, lleva, quemado, y  fusilado. Los cuales eran juego de todos en la calle. Tema que mi tía la odiaba y para poder salir tenía que esperar la llegada de una visita para pedir permiso y librarme del ahogamiento de la casa. Porque con tal de no quedar como la inquisidora me daba permiso. Eso sí, al regreso era castigo fijo.

Deambulo por la casa dándome cuenta  los recuerdos en cada rincón,  la historia de la familia en cada objeto.  Dándome así un sentido de pertenencia a un lugar donde no naci pero me crie, haciéndome la persona quien soy ahora.  Haciendo parte de una cultura montañera en las faldas de los Andes.  Los fantasmas recorren las habitaciones y nos perturban con sus recuerdos, pero de esta manera los inmortalizamos. Y no pasaran al olvido mientras los llevemos en nuestras memorias. De regreso a la capital, dejando atrás los cafetales, comienzo a ver el panorama cristalizado; comenzó a brotar de los ojos inmensas gotas de nostalgia.

Pelao

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