El edificio aun estaba vacío. Marta entró, dejó su abrigo en la sección de espera y se sentó detrás de su escritorio. Hoy llevaba un conjunto rojo que dejaba entrever sus sugestivas curvas, me sonrió pícaramente como todas las mañanas y prendió su computador. Pasé por el pasillo que usábamos de cocina, serví en mi taza algo que se parecía a un café. Mi taza era color azul marino, tenía un elegante esmaltado con una inscripción en blanco : ¨Clase del 92¨
Me ajusté la corbata casi por reflejo, hoy tenía una de color lila. Mientras caminaba a mi escritorio esquivando los mostradores de atención al cliente, noté que el mármol del piso distorsionaba sin mi permiso mi propio reflejo.
Prendí la computadora, inmediatamente apareció un mensaje de la casa central. Era un mensaje del director general desde la casa matriz:
¨Hoy es un día maravilloso, y es importante usarlo al máximo. Las oportunidades están presentes para hacerlo más productivo. El tiempo de ponerlas en práctica es ahora. Queremos re afirmar a todos los empleados nuestro compromiso por proveer el más alto servicio a nuestros clientes. Aprovecho este mensaje para saludarlos y dejarles saber lo importante que todos ustedes son para el éxito rotundo de nuestra compañía. Gracias por ser parte de nuestra familia¨.
Levanté mi mirada, Carlo hoy vestía su uniforme militar. Con su solemnidad habitual, se concentró en los monitores de seguridad de ambas entradas, para luego abrir las puertas de la sucursal Sucre a las nueve en punto.
El sol de otoño se filtraba por los cristales de las paredes. El edificio había pertenecido a una cooperativa agrícola hasta hace algunos años, su arquitectura podía catalogarse de vanguardia en la década del 60. Hormigón y cristal, con detalles en mármol y piedra. Cemento en su estado puro y sin procesar. Colores grises y verdes, contraste luminoso en su orientación sur, efecto que siempre creaba una temperatura polar al caer la tarde. Aunque en aceptables condiciones, el edificio ya mostraba señales de deterioro. Luego de la quiebra de la cooperativa, y posterior venta, poco se había hecho por restaurarlo.
Carlo salió al jardín de la entrada y podó con sus manos las hojas de unas plantas. Sintió con sus manos la textura de las ramas, inspeccionó el color de las nuevas hojas y el color de las marchitas flores. Carlo era un hombre de pocas palabras. Su mirada decía más que sus gestos. Todas las mañanas lo observaba sin que él se diera cuenta. Apasionadamente dedicaba 20 minutos o más, al bienestar de la flora, y a veces la fauna, de la sucursal. Carlo luego negaría terminantemente todo contacto con la vida silvestre y salvaje del jardín de entrada.
La mañana pasó sin muchos sobre saltos. Poca gente se anotó en la planilla de entrada. Una señora mayor quería confirmar la existencia de sus fondos, aun cuando esta no pretendía retirarlos o utilizarlos en ningún lugar o forma. Una mamá intentó perseguir a sus dos hijas cuando corrían por el lobby. La primer niña tomo una pila de talones de depósito, su hermana no pudo ser menos e hizo lo propio. La mirada cómplice de ambas hermanas era mágica e inigualable, era más que la travesura en si. Traté de recordar cual había sido mi última travesura, pero no recordé ninguna… Salí de mi transe cuando vi a Marta incluir todos los formularios de depósitos del banco nuevamente en el sector central.
Un hombre de camisa a cuadros me consultó sobre la disponibilidad de créditos para pequeñas y medianas empresas. Me confesó que tenía una proposición de negocios muy ventajosa y que necesitaba capital para insumos y servicios.
-¨¿Qué significa esta sigla…EDA ? ¨- Pronuncie en voz alta
-¨Ese es el rubro de mi emprendimiento…¨- Respondió, seguido de un silencio mutuo y algo incómodo. El hombre entendió que la explicación no me era suficiente. Habrá sido la expectativa que mi cara ofrecía y me dijo:
-¨Soy empresario del amor…¨
A eso de las tres, el día dejaba lugar a la noche, algunas de las luces de la calle comenzaba tímidamente a iluminar parte de la avenida. Marta me miraba de reojo mientras atendía a un cliente quien le explicaba que no utilizaba los cheques porque prefería pagarlo todo en efectivo.
Me disponía a tomarme mi cotidiano espacio de 5 minutos, hasta que lo vi entrando por la puerta principal. Un hombre en sus tardíos 40 años caminaba decidido hacia mi. En un momento pensé acelerar mis movimientos y escabullirme de mi escritorio rápidamente, pero sentí mis pies de plomo aferrarse al mármol de la oficina y ahí fue cuando José me preguntó:
-¨¿Disculpe, están abiertos?¨- José Angelotti vestía un traje corderoy marrón con pequeñas lineas amarillas. Sus gafas eran prominentes y de cristales redondos. Parecía atareado, venía a galope rápido y sin aliento.
-¨¿Discúlpeme, estoy buscando al gerente…¨
-¨¿Quién lo busca, tiene una cita con él ?¨
-¨Mi nombre es José Angelotti y no, no tengo cita con el Sr gerente….¨
-¨Ah, creo que está ocupado, dígame, en que lo puedo ayudar?¨
-¨No se preocupe que tengo tiempo para esperarlo- José Angelotti se paró y se dirigió al bebedero junto al sillón de espera. Luego de beber como un camello en el desierto Gobi, se reincorporó frente a mi escritorio y me dijo:
-¨Vea joven, acabo de venir de otro banco. Estoy en busca de ayuda financiera y querría estar seguro de la inversión que haga con mi capital.¨
-¨Estoy seguro que puedo ayudarle. ¿Qué tipo de inversión tiene en mente Sr. Angelotti?.¨
-¨Bueno, como entenderá me gustaría discutir tan delicado tema con el gerente directamente. No todos los días uno pretende invertir la fortuna de toda una vida.¨
-¨Le entiendo. Definitivamente creo que ha hecho una buena decisión en elegir nuestra sucursal. Tenemos planes de inversión muy ventajosos. Plazos fijos a 6 y 12 meses…¨- Angelotti miró hacia los lados y preguntó:
-¨¿Es este banco seguro, verdad?¨
-¨Nuestro banco tiene una trayectoria de mas de 70 años al servicio de gente como ud Sr Angelotti. Gente que siempre confió en nuestro juicio y excelencia para manejar sus bienes.¨
-¨Vea joven…estoy averiguando los costos y servicios. Me gustaría comenzar lentamente. Por que no me explica como es el funcionamiento.¨
-¨Bueno un plazo fijo en síntesis es un depósito que a lo largo¨- Angelotti movió sus cejas y al interrumpir mi discurso exclamó:
-¨No, no…mire, por eso quería dialogar con el Sr. gerente. ¿Cómo funciona el sistema de cheques y depósitos ? ¨- El cutis de Angelotti comenzaba a mostrarse pegajoso. Se podía ver el reflejo del brillo de los tubos fluorescentes en su frente. El cuello de su camisa tenia manchas en forma de aureolas amarillas creadas por prolongado sudor.
-¨¿Sr Angelotti, ud pretende invertir todos sus ahorros en una cuenta de cheques?¨
-¨Una vida de sacrificios, privada de los lujos más estrepitosos me ha permitido crear mi fortuna. Nadie me ha regalado nada y es por…¨-Observé como montañas de caspa similares al Himalaya se posaban en los hombros del saco marrón mientras Angelotti movía su cabeza. Interrumpí su discurso levantando la voz y dije-
-¨¿Decime, de cuanto estás hablando ?¨
-¨756 pesos con 37 centavos.¨
Mi cara se transformó, era pura frustración, me había perdido mi resceso y la clásica insinuación de café con Marta por este tipo. Me re acomodé la corbata inconscientemente y me retorcí en mi asiento. Angelotti no parecía notar mi presencia y siguió hablando solo:
-¨Desde mi juventud creí en el ahorro como moneda diaria y cotidiana, el ahorro en transporte, desodorante y colonia vino a comienzo de mi pubertad y luego…¨- Angelotti me hizo recordar una vieja película del oeste, donde Tom es descubierto por una banda de asesinos, mientras escondido para el ataque, no puede dejar de hablar de su querido rancho Cucamonga.
Estaba escribiendo Cucamonga en internet cuando recibí un mensaje de la casa matriz. Eran las 4 y veinte de la tarde, el exterior de la sucursal estaba oscuro, apagado, casi dormido.
Abrí el correo electrónico y leí el siguiente mensaje:
-Lamentamos comunicarle que por razones de fuerza mayor sus servicios en nuestro banco sucursal Sucre no serán necesarios a partir del día de mañana. Agradecemos todo su profesionalismo y dedicación y le deseamos la mayor de las suertes en su carrera profesional. Atentamente departamento de recursos humanos.
Me quedé con los labios secos, quebrados. Todo era silencio, parecía estar en el vacío del espacio, había perdido la facultad de escuchar, hasta que de repente volvío el martillar y único sonido de Angelotti:
-”Porque luego del servicio militar, recuerdo que el cabo Cabrales solía decirnos: Soldados, las letrinas no pueden seguir tan sucias, el detergente y el jabón son lujos en el cuartel…”-Salté de mi silla como si estuviese en llamas. Angelotti sorprendido me miró estupefacto y sin habla.
-”Angelotti, creo que el gerente puede verlo ahora.”
-”Ah, que bien, en los otros 2 bancos a los cuales fui hoy, el gerente siempre estaba ocupado.”
Caminé con paso ligero hasta la oficina detrás de los mostradores. La puerta y las persianas americanas estaban cerradas. En un solo movimiento abrí la puerta sin golpear y sin anuncio preliminar dije:
-”Sr gerente, el Sr. Angelotti requiere de sus servicios para una importante inversión con nuestro banco.”
El gerente saltó de su silla mientras rápidamente cerraba el cierre de su pantalón. En su cara podía leerse su confusión al igual que su sorpresa que luego terminaría en su habitual cara de piedra.
Mientras salía rápidamente de la oficina, podía escuchar a Angelotti desde lo lejos:
-Hace tiempo que quería conocerle, veo que este banco tiene las cosas claras. Cuénteme un poco sobre ud…
En mi escritorio solo atiné a tomar mi lapicero y mi taza azul, me imagino que por la expresión en la cara de Marta, debía llevar cólera en mis ojos. La tomé con un brazo y la besé intensamente por una eternidad. No recuerdo haber besado a nadie por tanto tiempo… Marta quedó muda y con los ojos cerrados, como recitando un poema en silencio en el silencio del espacio. Pasé por la mesa de depósitos y tomé todos los talonarios que existen en la sucursal Sucre. Llené mis manos de papeles, extendí todos mis músculos con mi mayor fuerza y los lancé al techo con toda mi voluntad. Carlo miraba todo en silencio detrás del mostrador de seguridad. Al acercarme a la salida, Carlo gentilmente puso su llave en la cerradura y abrió la puerta de par en par. Le puse la mano sobre el hombro, nos debemos haber quedado asi y en silencio por dos minutos, el hizo un pequeño sollozo mudo, por lo bajo y salí al frió de la avenida.
Que final! ME gusta que en vez de darle tristeza el que lo hayan echado, le de alivio.