Meto la mano en la cartera del señor de enfrente.
What the fuck you doing?
Te me callas – le digo.
Le golpeo con mi rodilla en sus partes bajas. Siento de repente una catarata de adrenalina correr por mi cuerpo. Ir en contra de todo lo que me han enseñado me da placer. Destrozo la paz del lugar, los gritos de oh my god retumban en los cristales manchados con los adhesivos Passport Control. Empujo a los infelices que siguen haciendo sus ridículas filas con el miedo empapando sus venas, miedo a ser retenidos, miedo a no poder regresar a sus manipuladas y consumidoras vidas. Arranco el plástico rojo horriblemente diseñado con un prohibido usar el teléfono, prohibido hacer fotos y prohibido fumar. Saco mi móvil y llamo a la persona de mi lista de contactos que mas tiempo llevo sin comunicarme, solo para dejarles saber que uso el teléfono por joder. Me hago una foto con la vieja yanqui que mira atónita el espectáculo, con su gorro blanco de Fila y su camiseta de Hard Rock café Cancún, sus pantalones cortos que muestran sus piernas varicosas, que intentan cubrir sus calcetines estirados hasta arriba y sus zapatillas inmaculadas sin marca del Marshall. Con mi móvil, mi cámara de fotos y mi sonrisa cínica prendo un cigarro. La señora abrasada por el sol suspira un ohh mientras mueve su cabeza de izquierda a derecha con los ojos entrecerrados.
Suelto la primera bocanada de aire en la bandera innecesaria que descansa en uno de los escritorios de control. La saco de su lugar y comienzo a hacerle huecos con mi cigarro. La indignación y los gritos no son ajenos a nadie en este momento.
El caos se ha apoderado de la larga y estrecha sala. Las filas ordenadas ahora se amontonan. Las caras de miedo de los turistas, sus tibias sonrisas provocadas por la intimidación de los amargos oficiales se han borrado de sus caras. Las caras de provocación arrogante de los bestias con pistola han cambiado a ser violentas y nerviosas. Uno se muerde con rapidez el labio inferior con sus dientes de arriba mientras se los moja con la lengua. Otro tiene los ojos tan abiertos que parece estar en trance. Todos apuntan sus pistolas negras opacas, sostenidas con sus dos manos, brazos extendidos, directamente a mi cara. Gritan todos algo que no consigo entender, un sonido sordo invade el ambiente, solo veo el movimiento de sus labios. Algunos dejan caer una pasta viscosa marrón al suelo al abrir su boca para gritar con fuerza. Otros se limpian los restos de donuts o Ketchup con las mangas azules de su ridículo uniforme. Camino hacia un oficial que está paralizado en su vetusta silla. Coloco mis formularios rellenos con mis datos encima del mostrador de su escritorio. Con su aparato estampo el sello de United States of America en mis papeles. Lo utilizo de bate para romper la provocadora cámara que parece tener vida propia mientras me mira con su único ojo. Escupo en la cara del oficial. Ahora, esa maquina de sellar que tan orgullosamente menean en su dedo como si fuera el revolver de Clint Eastwood en Almería, ese pequeño aparato que decide el destino de millones de personas al año, esa tinta que baña el sello del poder, del sueño americano, ahora la utilizo en las frentes de todos los infelices que buscan escapar de sus míseras vidas para comenzar otras sin alma, sin sueños, con cuentas interminables que pagar. Una vida de hipocresías, de trampas, sin libertad. Atados a un trabajo, a un seguro médico si tienen suerte, a cinco días de vacaciones. O a un miserable cheque que disminuye antes de tocar sus manos.
La tinta se escurre por las caras con el sudor de las frentes. Ante los atónitos salvajes uniformados, los incrédulos turistas comienzan a correr, todos con sus papeles en mano, libres. Camino sin impedimento a través del caos. En las escaleras mecánicas, camino a la zona de equipajes, miro el papel sellado, mi pase para esta cárcel, mi número personal y me pregunto ¿Qué coño hago aquí?
Joaco