El Olvido

Después de una larga noche de pesadillas Antonio despertó con el sonido de la brisa pegando contra las ventanas. Miraba a su alrededor pero desconoció por completo en donde estaba. Escuchaba voces de personas al otro lado de la pared sin reconocerlas. Se sentía las sábanas húmedas y un olor fuerte a materia fecal. Recordaba cuando visitaba a sus pacientes en horas de la revista en el hospital del cual era director del departamento de medicina interna. Se ponía de mal genio cuando encontraba a sus pacientes en estados deplorables de mala higiene. Porque por sus conocimientos sabía que la higiene era el principio de una buena salud, por algo los Incas habían perdido muchos guerreros antes de la colonización. Intentaba levantarse de la cama pero su rigidez muscular le dificulta la movilidad. Se desplazó con torpeza hacia el baño. Sus extremidades no le respondían, como cuando era joven y jugaba al fútbol con sus amigos en el barrio. Santiago, su hermano mayor, tenía el balón y Antonio en voz alta terminó diciendo “pásela estoy acá solo para pegarle”. Llegó al baño, orinó quedando con la sensación de tener más líquido para vaciar; con la nostalgia de producir el chorro ideal de años atrás. Miró hacia el frente, su corazón comenzó a latir más rápido, su piel comenzó a humedecerse y su ansiedad aumento. Miró la barba, el cabello y por último los ojos. Pero no pudo reconocer su rostro en el espejo.

Antonio, era amante de la literatura, siendo un escritor frustrado el cual hacia de sus historias clínicas una novela. En muchas ocasiones por ser un médico con tan buena descripción, sin dejar ningún detalle a la deriva encontraba en sus buenas anamnesis las respuestas a los problemas de sus pacientes. Los grandes maestros de la semiología según su criterio eran los franceses, comenzando por Suros. Los padres de la metodología eran los primeros médicos del medio oriente, con Avicena. Pero su ídolo era Claudio Galeno, el médico del emperador Marco Aurelio en la Roma del siglo II. Porque uno de sus maestros algún día le dijo: “El médico que sólo sabe medicina no sabe nada”. Con todo su conocimiento y destreza fue escalando en el duro mundo del quien conoce a quien, de la burocracia de la medicina, como le decía un profesor y amigo en sus primeros años de profesión “lo malo de las influencias, es no estar en ellas”. Fue nombrado varias veces como el médico del año, por su entrega a los pacientes y su calidad humana. Reconocido por muchas instituciones y el gremio médico como uno de los grandes clínicos de su actualidad. Cabeza de familia, con un hogar lleno de amor y respeto. Su esposa María arquitecta de profesión y pintora por pasión, la conoció en España donde se estaba hospedando en el mismo hotel del congreso, donde se enamoró de su cultura y su sencillez. Padre de dos hijos, uno medico y otro compositor. Mejor vida no podía tener una persona que se quema sus pestañas para ser uno más de la masa.

Disfrutando de una cena con sus buenos amigos, conversando sobre los últimos avances de la tecnología en el diagnóstico de enfermedades malignas en estadios prematuros. En el momento que estaban sirviendo los postres, Antonio le preguntó al camarero ¿cuándo le iba a servir el plato fuerte? este con mirada sorprendida le respondió: “usted ya se comió el plato fuerte por eso le estoy sirviendo el postre” sus amigos no se sorprendieron, porque Antonio tenía muy buen sentido del humor. Las conversaciones que presentaba con los pacientes se iban haciendo más difíciles, preguntándoles en varias ocasiones las mismas preguntas, sintiéndose estos a veces no ser escuchados por su médico. Empezó a llegar y a salir del hospital en horas no usuales de su horario, llegaba a medio día, confundía el domingo por el lunes. Una vez en su casa pensó que estaba en su consultorio. Se perdía en camino para ir a dar la clase en la Universidad donde daba la cátedra de fisiología desde hacía 20 años. Presentaba disminución para la concentración tomándose más tiempo de lo habitual para resolver un caso clínico y se sentía con fatiga a todo momento. Su sentido del humor fue cambiando presentado depresión con apatía, perdida de iniciativa y falta de interés. Su lectura comenzó a disminuir debido a su pérdida de la memoria, releía el mismo capítulo noche tras noche sin tener un avance en la misma novela por semanas.

El diagnóstico lo realizaron los neurólogos del mismo hospital donde trabajaba Antonio, perdida de las neuronas y su conexión en la corteza cerebral. Comenzaron a fallar progresivamente todos los aspectos de la memoria, dificultad para el lenguaje; le costaba trabajo para hablar, hacerse entender y expresarse de una forma adecuada. Dificultades para llevar a cabo funciones aprendidas; Antonio comenzó a olvidar como vestirse, poniéndose varios medias en el mismo pie, las camisas al revés y perdió el conocimiento de utilizar los cubiertos para comer. Por último perdió la capacidad para poder reconocer a su familia, comenzó a tener perdida de su higiene personal. La pulcritud que todos admiraban no se veía en Antonio; se notaba sucio y descuidado, no se bañaba, porque no le gustaba y se enojaba con María cuando se lo recriminaba. Su esposa movió su estudio a una de las habitaciones de la casa para poder estar más tiempo con él. Una noche le pregunto a María “¿A qué horas va a llegar Carlos a la casa?” ella le preguntó cual Carlos y él le respondió “él que viene todas las noches a visitarme” ella le dijo “acá no viene nadie en meses.” Otro día le preguntó a su esposa por sus padres, los cuales habían muerto por más de 15 años. Se volvió obsesivo por guardar todos sus libros de medicina y literatura en su armario personal y poner toda su ropa en la biblioteca. Lo más fuerte para María fue el día cuando al mirar los ojos de Antonio no eran los mismos de la persona la cual se había enamorado hace más de 40 años.

Me encontraba atrapado en un asilo, vigilado por una mujer la cual no me daba nada de comer, no me dejaba tener mis libros en mi cuarto, estaba completamente aislado de mi familia, no podía disfrutar de las zonas recreacionales si no era con la supervisión de ella. Sabia de la llegada de un hombre que se la pasaba limpiando las zonas recreacionales del asilo, y esa era la forma como escapar de mi encierro. Cuando llegó el día de mi fuga, me senté en un sillón cerca de la puerta principal haciéndome el dormido, entonces vi la oportunidad de escaparme cuando la vigilante entró con el hombre y se fueron al área de alimentación del asilo, dejando la puerta sin el seguro que siempre tenía. Me pare sigilosamente hacia el portón y me dirigí a hacia la libertad. Caminé por varios minutos hasta llegar a una a una calle principal donde me encontré con una patrulla, yo les expliqué la situación del asilo pero estos no me hicieron caso y me regresaron a este, donde la mujer haciéndose pasar que le importaba, lloraba desconsoladamente, abrazándome y dándome besos. La hipocresía de esta mujer fue tal que les dijo a los oficiales que era mi mujer y yo estaba enfermo, me imagino que sus superiores la hubieran echado, sino me encuentra.

Después de varios años Antonio presentaba un amplio y marcado deterioro de cada una de las facultades intelectuales. Presentaba rigidez muscular así como resistencia al cambio postural. En una ocasión presentó una crisis epiléptica, María pensó no volver a ver a su marido con vida después de ese ataque, pero pasados unos minutos, Antonio se encontraba una vez más peleando por su vida en la cárcel de su cuerpo la cual le dio muchas satisfacciones pero también muchas decepciones. Antonio, no podía hacer un resumen de su vida, la niebla que borra la luz de los contornos, de igual manera borra la memoria de los pacientes con Alzheimer. La personalidad que siempre acompañó a Antonio, desapareció por completo. Se volvió una persona completamente apática, perdió la capacidad autónoma de lavarse, vestirse, andar o comer y presentaba una cierta pérdida para el dolor. Presentó incontinencia urinaria y fecal. Antonio terminó encamado, con alimentación asistida. Su muerte fue producida por una infección en las vías respiratorias. María jamás se olvidó de Antonio como él lo hizo de ella, porque ella tenía la voluntad de no olvidar.

Pelao

 

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