La tormenta del 29

El viento arrecia y desde hace una horas el oleaje comienza a hacerse notar cada vez mas. Esta vez llega la tormenta el día 29. Los pescadores locales casi siempre cuentan con un temporal al mes y aunque están cansados se han acostumbrado a la mar revuelta y la ausencia de peces.

Por eso este mes cuando ya todos creían que no habría tormenta, cae este temporal de barro y agua sucia. Aparece de la nada para golpear con una violencia inusitada. Los del pueblo corren por las callecitas para buscar refugio, pero ya es tarde. Los techos comienzan a volar y muchos ya están pensando como hará para comenzar de cero.

Cynthia piensa que va hacer sola con su bebe si su marido no vuelve con su canoa de pesca. Todas las tardes a las seis trae la pesca del día y llega cansado al hogar con el que había soñado toda su vida. Allí lo esperan su mujer y su bebe de tan solo seis meses.
La tormenta lo tomo por sorpresa, porque como muchos otros pescadores, ya creía que este mes no habría tormenta. La ira del mar lo forzó a soltar sus redes, una perdida más. Esa noche no habría comida pensó. Tal vez un enlatado.
Cuando las olas comenzaban a inundar la canoa dejo de preocuparle la comida de la noche y comenzó a pensar en Cynthia y su bebe, Tobías.  Pensó en como serían sus vidas si esa canoa se hundía y no podía regresar a tierra.
Para las estadísticas sería un ahogado más, pero para su familia un hueco que se haría sentir por siempre. Luego pensó que ella, tal vez con el correr del tiempo, podría conseguir otro marido y si no pasara mucho tiempo su hijo podría llegar a llamar Papá a otro distinto a él. Esta idea no le provocaba ira, sino mas bien incertidumbre.  ¿Existía ese suplente de uno mismo en alguna parte ? ¿Como seriaa ? ¿Como trataría a su esposa y a su hijo?
Pensó en las miles de peleas que su matrimonio había atravesado. No podía recordarlas todas, tan solo la última. Siempre se recuerda la última pelea. Y la primera vez que se hace el amor. También se recuerda al hijo naciendo, la primer comida y la vez que se prendió a la teta.
Al mismo tiempo cuanto más olas cargaban su canoa, mas ímpetu le ponía al balde para desagotarla. Sabía que había pasado tormentas feas y esta no iba a vencerlo.
El cielo estaba negro y cualquier pescador sin experiencia se habría asustado de ver ese color en las nubes siendo las dos de la tarde. En eso una ola le dio vuelta  la canoa. Todos sus elementos de pesca se fueron al fondo, pero no le importo porque él aun estaba a flote.
Volvió a pensar en la incertidumbre que le provocaba la idea de un padre sustituto para su hijo. Quería pensar en un hombre excelente, alguien que fuera mejor que él. Que no bebiera tanto, que supiera contener la ira y que no descargara las frustraciones de adulto en su pareja.  Sin embargo no lograba encontrar a ese fantasma sustituto. Lo buscaba, quería imaginarlo para poder ahogarse tranquilo, pero la imagen del sustituto no lo tranquilizaba. Imaginaba a un monstruo sin cabeza. Se imaginaba a si mismo volviendo de la muerte para asustar al sustituto, para vigilarlo y obligarlo a no cometer los errores que el había cometido.
Entonces, allí en medio del océano, logró darse cuenta de que el mejor sustituto era él mismo. Soltó la canoa semi-hundida y comenzó a nadar. La tormenta no se lo hacia fácil pero el estaba decidido a llegar a la costa.
No sabía cuanto tardaría pero brazada tras brazada su cuerpo iba arrimándose lentamente a la costa. La única idea que lo mantenía vivo era que tenia que hacer llegar al sustituto para que pudiera llevar el calor y la comida y las sonrisas a su esposa e hijo.
Estaba anocheciendo y pensó que si caía la noche no iba a poder llegar. Entonces mientras el sol se escapaba del horizonte entre las olas, las brazadas redoblaron su fuerza y en breve sintió el suelo de la costa tocar sus pies.
Llego empapado, lleno de sal y arena. Eran las nueve y cuarto. El sustituto perfecto había llegado. Su hijo iba a tener padre y su mujer un esposo.

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El Tío José

Al tío José lo sepultamos ayer. Fue en el mismo lugar donde está mi abuela y toda la gente que forma parte de mi pasado, personajes que se fueron incluso antes de que yo naciera, pero que están ahí, reagrupándose en una especie de club en el más allá.

A pesar de que el invierno está marcado en el calendario, en el pueblo de mi familia siempre cae el sol como una espesa nata de calor que cubre todo y quema los árboles, los pastizales e incluso la tierra de este panteón en donde no hay fieles difuntos. De hecho la mayoría fueron infieles y el primero de ellos el tío José, guapo mozo de la revolución que dejó amores e hijos por cada rincón que pisaron sus pasos.

Desde niño todos decían que José era único, pero no por sus cualidades, sino por esas coincidencias que ocurren en la vida del campo. Fue el mayor de siete hijos y el único varón. Sus hermanas y él fueron hijos únicos por parte de padre, porque a todos ellos los mataron los soldados del ejército federal, pero José fue el único que no conoció al suyo.

Una noche la revolución llegó al pueblo, el intercambio de balas se prolongó hasta el amanecer y en medio de la trifulca, alguien entró a casa de los “papás viejos” y se robó a la abuela Mirta. Al día siguiente la buscaron por todas partes hasta que apareció cerca de las milpas, con la cara hinchada y el vestido ensangrentado. Meses después nació mi tío y le pusieron José porque fue el único nombre que se le ocurrió al párroco recién llegado de la ciudad y que todavía arrastraba la resaca de las fiestas patronales.

Fue un niño inquieto, pero muy querido por toda la familia, incluso por el padre de la abuela Mirta, que si bien no le volvió a hablar a su hija, sí volcó todo su amor en José, a quien sarcásticamente le decía “mijo, usted es el único y auténtico hijito de la chingada de este pueblo, no lo olvide nunca”.

Efectivamente, el tío José jamás lo olvidó y procuró dejar constancia de ello por toda la región, donde sus historias de amante insaciable y Don Juan incorregible, lo convirtieron en la leyenda de época, en el prototipo de hombre trabajador que se destrozó las manos en el campo, pero que mantuvo intactos sus enormes ojos color aceituna y la sonrisa de llave maestra, pues jamás encontró una alcoba que se le resistiera.

Al tío José lo sepultamos ayer, pero todavía me parece escuchar el andar de su caballo antes de pararse frente a la casa de la abuela Mirta para darle un beso a su madre y tomar mezcal. Todos los días cumplía con el mismo ritual cuando se dirigía a supervisar las diferentes siembras a las afueras del pueblo. No es que tuviera muchas tierras, sino que su eficacia como capataz lo llevó a ser el administrador favorito del pueblo.

Delgado, alto, de semblante amable, lo recuerdo siempre con una sonrisa y bailando esas antiguas danzas que nacen con los suaves golpeteos de los pies contra el piso, mientras brazos y hombros suben, bajan, hacen círculos, marcan el aire y le dan forma a la alegría del cuerpo, al calor de la sangre.
Sus pies cortados por la tierra, las piedras y las espinas de los magueyes, jamás sintieron la suavidad de un zapato. El tío José siempre usó las chancletas con correas de piel y suela de grueso caucho. Una vez cuando me descubrió mirándole con cierto asco sus maltratadas extremidades, se clavó con sus ojos en mí sin decir nada y después explotó en una carcajada que dejó al descubierto los únicos dos dientes que le quedaban en la encía superior.

“Mire mijo, ande, no les tenga miedo. Ahí como las ve todas jodidas, esas patas están muy fuertes todavía y le apuesto que soportan mucho más que las de cualquier mocoso de hoy en día, esos que se han olvidado de montar a caballo y que solo viajan en autobús”. Después siguió riendo, me cargó con sus macizos brazos, montamos en su caballo y por primera vez pude ver los pasos de la bestia, sentir los golpes de las herraduras sobre las piedras de la calle.
Anduvimos largo rato por un camino que se extendía hasta el pie de una colina. Ahí dimos media vuelta y señaló la enorme alfombra natural formada por girasoles. “Ahí se quedaron mis pies mijo. Estas patas de largas uñas se gastaron en cada surco de esas tierras. De ahí comieron su abuela, sus tías, su madre, sus primos y usted también. Ojalá usted algún día me pueda enseñar qué dejó en el camino para sostener a su gente”.  Esa fue nuestra última conversación y así es como lo recuerdo. Después pasaron 20 años hasta que me llamaron para darle el último adiós.

Al tío José lo sepultamos ayer, a ese hombre de piel agrietada, de escasos pero largos y delgados cabellos blancos. Fue hasta entonces que entendí por qué realmente fue un hombre único, pues más allá de las bromas que le pudo haber hecho su abuelo, fue el único del pueblo al que todos respetaron por su trabajo.

También fue el único al que todos persiguieron en algún momento para lavar la honra de madres, tías, hermanas, hijas o esposas. Todos lo acusaron, pero jamás le pudieron comprobar nada, porque fue el único amante al que las mujeres cuidaron con su silencio y al que cobijaron con sus recuerdos el día de su funeral. Ese día todas lo acompañaron, por lo menos las que aún seguían con vida hasta ese entonces.

“El pueblo no volverá a ser el mismo”, dijo uno de los presentes en el cementerio. En principio creí que se trataba de una de esas frases cursis que se sueltan para confortar a los deudos, pero no, en el caso del tío José había algo más que le daba peso a esas palabras. Se trataba de una historia contada en dos partes, una de voz en voz entre la gente del lugar, que dibujaba el rostro de una persona sin compromisos oscuros y con el título de propiedad de todas sus cosas marcado en cada llaga de sus manos.

La otra era una historia batida por la tinta y el veneno de las voces que no sabían nada, que no lo conocieron y que construyeron un mito con relatos apócrifos.  De quien hablaron en la televisión nadie sabía nada en el pueblo. ¿José un narcotraficante? La pregunta se regó de casa en casa, se impregnó en cada mazorca del valle, pero en ninguna parte encontró nido, porque esas “cosas del diablo” nunca llegaron al pueblo o por lo menos nadie las vio.

Ahora que solo hay restos de un cuerpo desgastado en una caja de aluminio oxidado, se libra un duelo entre las dos caras de mi tío. A una de ellas casi no la conozco, porque nunca lo vi trabajar. Solamente lo recuerdo al bajarse de su caballo para entrar en la casa de la abuela Mirta y detener el tiempo con su carcajada en respuesta a los reclamos  de la anciana que jamás lo vio llegar a tiempo para la comida. “Madre, entiende que no es por tu comida, es mi trabajo. La tierra es una amante noble, pero celosa, y el mínimo descuido lo cobra caro. Si no es de trabajo, siempre voy a llegar tarde a todas partes, incluso a mi entierro, te lo prometo”, dijo antes de volver a carcajearse con los únicos dos dientes de la encía superior.

Al tío José lo sepultamos ayer y en efecto llegó tarde. Hacía por lo menos 30 años que había muerto la abuela Mirta, pero su hijo se encargó de cumplir esa promesa de no estar a tiempo en su última despedida del mundo y sus acompañantes.

Tres meses antes José desapareció. Aquel día solo encontraron  su caballo trotando de regreso al pueblo con la montura reventada y el hocico herido por el freno tirado al máximo por alguien que no quiso parar, sino que fue arrancado de su silla. Sus amigos, los patrones y hasta la policía del pueblo lo buscaron por todas partes. Literalmente removieron todas las hectáreas que José sembró, pero nada, si la tierra se lo tragó, lo hizo de un solo bocado, porque no dejó rastro alguno.

Al día siguiente de su partida o desaparición, en el pueblo comenzaron a aparecer rostros extraños y mal encarados con espejuelos oscuros, todos con corte de pelo estilo militar. Nadie quería hablar con ellos y quienes cruzaban alguna palabra o mirada con los desconocidos, desaparecían sistemáticamente. De los jóvenes se entendía, porque a todos les ofrecían enormes cantidades de dinero para enrolarse en las filas de asesinos a sueldo en otras ciudades.
¿Le pasó lo mismo al tío José? Nadie lo cree, porque en sus buenos tiempos podría haber acabado con sus propias manos a dos o tres tipos, pero ahora, cuando estaba cerca de los 90 años, era una locura imaginarlo siquiera como miembro de un ejército de pastores.

Mientras el cruce de suposiciones se mantenía como el deporte favorito en la región, una mañana apareció el tío José. Estaba envuelto en una manta hecha con hilos de maguey y con las manos atadas a la espalda. Su cuerpo se encontraba empanizado con cal para evitar los malos olores. Cuando vi las imágenes sólo alcancé a reconocer su mechón de largos y delgados cabellos blancos.

Al tío José lo sepultamos ayer y aunque en las noticias dijeron que se trató de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, en el pueblo nadie lo creyó. Junto a él encontraron 200 cuerpos más, la mayoría de mujeres y niños, todos con el mismo tratamiento de brazos sujetados por la espalda y con evidentes huellas de tortura antes de recibir el tiro de gracia.

El luto se percibió por todo el valle, en cada puño de tierra que comenzó a florecer y, sobre todo, en el llanto de las ancianas que suelen pasar las tardes en la plaza de la iglesia, envueltas en sus rebozos y comentando cómo desde que mataron a José los girasoles no volvieron a tejer sus alfombras en los campos del pueblo.

Ahora solo hay sembradíos de amapolas que cuidan los extraños mal encarados, esos que ya no montan a caballo y que recorren en camionetas de vidrios polarizados las calles empedradas donde las carcajadas desaparecieron para siempre. Al tío José lo sepultamos ayer. 
                                                                                                 Iván Carrillo, Miami, 2011.

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Martirio

Desde el comienzo estábamos condenados. Eramos pocos y no sabíamos lo que estábamos haciendo. Creíamos que de algún modo era una forma de La Rebelión, pero sin darnos cuenta estábamos contribuyendo a perpetuar el sistema. Ilusos individuos buscando pares.

Este mundo ya nunca será lo que fue. Aun con todas sus imperfecciones, calamidades, abusos y maltratos el siglo XX parecía el paraíso. Nuestro grupo, de algún modo, estaba conectado por este sentimiento. Una especie de romanticismo New Age que , como todo en esta era, comenzó en linea.

Comenzamos llamando a nuestro grupo “Alpha Rebels” pero pronto lo cambiamos por sugerencia de un nuevo adherente a “Martirio”. El Martirio lo representaba todo : esta vida en linea sin sentido, las relaciones vacías que todos manteníamos, los absurdos trabajos que nos daban lo justo para comer comidas asquerosas, los gobiernos electos también en linea a través de las paginas oficiales del país en Facebook.

Por ejemplo, mi trabajo durante las ultimas 3 semanas había sido actualizar todos los tags de las paginas , sub-paginas y paginas ocultas en el servidor de  “La Empresa”. Nuestro equipo tenia a cargo la renovación de tags y palabras claves para que los buscadores siempre nos dejaran primeros en la pagina de resultados. El hecho de que ” La Empresa” estuviera valuada por los jornales de economía en linea en mas de 3900 billones parecía tan absurdo como el trabajo que realizábamos.

En Martirio sabíamos que el ataque ( si algún día lográbamos perpetuarlo ) debería ser a nivel de servidor. Apagar todo. Lograr que la población entera pudiera darse cuenta de que podían vivir sin su cuenta de Facebook, sin su celular para actualizar su status o leer sobre otras actualizaciones. El sentir que podíamos llegar a vivir al menos unas horas sin la conexión permanente que significa la vida en linea era casi tan inimaginable como el volver de algún modo fortuito al estado de naturaleza.

Desde ayer el clima de mi equipo se nota un poco raro . Tal vez alguno escucho por algún rumor( en algún foro interno de “La Empresa ” ) que yo estaba adhiriendo al manifiesto de “Martirio”. Un par de  compañeros me lo preguntaron sin vergüenza. Negué dos y hasta tres veces como Simon Pedro. Todo , pensé entonces, era por el bien del grupo. Por la causa evanescente de un servidor que cae, al menos por un tiempo para quitarnos del sopor en que vivimos desde hace décadas.

Tengo aun que inventar una buena excusa para poder, dentro de unos pocos minutos llegar hasta el corredor central, descender en el elevador que lleva al nivel ejecutivo en el quinto subsuelo, superar la seguridad y burlar al guardia robot con reconocimiento de voz para que me de acceso al deposito controlado de servidores de “La Empresa”. La red social que opera en linea a través del sitio que es propiedad de “La Empresa”  es casi tan compleja como el laberinto subterráneo que lleva hasta los servidores que hacen que esa red social simule ser una red real.

En un principio los objetivos simulaban ser nobles. Que tiene de malo reconectar viejos amigos.. nada ! Después llegaron los estudios de opinión, los juegos en linea, las encuestas, las compras en el sitio, las simulaciones, las relaciones amorosas virtuales, las elecciones nacionales y también las del parlamento internacional. La unión de ciertos países  y la división de otros fue decidida a través del sitio. Hace quince anos que no estoy en exteriores pero supongo que la mayoría de las personas también piensa en el ambiente exterior como otra ilusión similar a la idea de poder vivir sin nuestra nueva existencia en linea.

Entonces llega la idea. Hace 6 días salude al Coordinador de Paginas Externas y Aplicaciones. en el elevador que lleva al nivel ejecutivo mientras me dirigía con mi reporte diario hacia mi superior, el Dr. Nyuen. Recordé que el coordinador me menciono estar muy excitado con una nueva aplicación que estaba desarrollando que permitiría percibir el estado anímico de las personas. Esta podría ser usada por psicólogos en linea, doctores en linea, policías, novios, cónyuges… en fin , miles de aplicaciones me dijo. Me encamine hacia el elevador ante la mirada absorta de varios de mis pares.

Entre en el mismo y la voz computarizada me pidió mi código de acceso. Se lo di y cuando pregunte a quien iba a ver al nivel corporativo le dije que tenia una reunión con el Coordinador de Paginas Externas y Aplicaciones. El elevador comenzó su descenso. Sentí que mi pesimismo, por primera vez en décadas comenzaba a decrecer súbitamente. No llegaba a un estado de euforia o siquiera de emoción. Simplemente que no veía que todo podía salir mal . Pudo haber salido bien también.

No sabia bien cual era su oficina pero caminaba por los pasillos del nivel corporativo como si lo supiera. No salude a nadie. Camine como unos 5 minutos – de repente me di cuenta que estaba frente al elevador nuevamente. La voz computarizada volvió a preguntarme a quien venia a ver y abrió su plateada puerta. Conteste que no había encontrado al Coordinador de Paginas Externas y Aplicaciones. La voz respondió:  “Cubiculo C521”. Estaba solo a veinte pasos. Al llegar al cubiculo observe un ridículo salvapantalla con un Santa Claus robotizado. Todo un simbolo de nuestra era. El cubiculo estaba vacío. Fue al bano pense. A la izquierda del teclado , junto a una lata de FaceCola vi la brillante tarjeta anaranjada que da acceso al deposito controlado de servidores. La tome sin dudarlo. Retome el laberinto de pasillos del nivel corporativo hasta llegar a la puerta de vidrio. La famosa puerta de vidrio detrás de la cual existían las vidas en linea de todos los habitantes del planeta.
Sabia que los servidores no podían apagarse. Estaban conectados por el suelo al network de fibra optica que llevaba y traia datos de todas partes del mundo.

Mi plan era el siguiente : llegar a una terminal . Implantar el virus que habíamos programado en largas sesiones junto a los demás integrantes de “Martirio” y retirarme.

Estaba por alzar la tarjeta hacia el sensor cuando me tocan el hombro. Era el Coordinador. Fue curioso pero me dio un abrazo . Como si fuera un viejo amigo con el me reconectaba a través de un laberinto mas intrincado que la programación de nuestra red. Insisitio que lo siguiera hasta su cubiculo para que me demostrara la nueva aplicación de la que me había hablado. No tuve mas remedio que seguirlo. Al llegar a su cubiculo tecleo su clave para dar fin al ridículo Santa Robot. Entonces disparo la aplicación y acto seguido apunto su cámara a mi rostro. Estaba francamente excitado y yo no. Dio vuelta su cabeza lentamente hasta mirarme desde su asiento con una cara que no supe descifrar pero que mostraba algo de miedo y algo de fascinación. Me pregunto que me pasaba. Le dije que nada. Su software me había clasificado como elemento peligroso, algo que solo le salía a los enfermos mentales y a los programadores que no se desconectaban al menos una vez al día. Argumente que había tenido una pelea con mi novia de Taiwán. Se había enterado de mi affaire virtual con una estudiante jamaiquina. Me contesto que en esta era de las redes sociales no se pueden hacer esas cosas. Le di la razón sin que supiera que en verdad no tenia ninguna novia ( aunque mi perfil si mostraba a una supuesta novia de Taiwán  y dos amigas virtuales de Jamaica ) . Solo me comento que estaban pensando en instalar su software en todas las cámaras  de las computadoras de ” La empresa” y ademas estaban negociando para instalarlo en todas las computadoras y teléfonos que fabricaba la empresa. Solo me dijo que era peligroso sino cambiaba mi estado de animo. Podía llegar a perder mi empleo inclusive. Luego volvió a girar la cabeza hacia su monitor y se despidió sin mas diciendo que debía seguir trabajando en la aplicación . Su tono ( y tal vez su programa estaría de acuerdo con mi juicio ) me confirmo que se había desilusionado de descubrir en mi un elemento peligroso. Un virus para el sistema.

Ahora voy subiendo en el mismo ascensor que me llevo a este nuevo desencanto. En camino a mi nivel de trabajo, donde todo seguirá siendo gris. Allí arriba se que  todos van a mirarme como diciendo, a que fuiste para abajo si aun no son las siete AM.

Pondre cara de emoticón y me sentare a planear el proximo ataque.

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Desaparecido

24 años después de casarse supo que no la amaba. Todo lo compartido habia sido sólo la forma más simple de pasar la vida juntos; la menos complicada. Ahora ya no le quedaba nada, sólo quería descansar.

Esa misma mañana, tras desayunar junto a su mujer como cada día, se encerró en su despacho y se sentó en su escritorio. Abrió el primer cajón, sacó su revolver, se lo introdujo en la boca. Su dedo índice acarició el gatillo. Tres palabras se le cruzaron por la cabeza: adiós-mundo-cruel. No pudo contener una sonrisa. Clavó su mirada en un libro de la estanteria: Fauna Marina del Océano Índico. Su dedo seguia en el gatillo, pero su mente se habia perdido en un pequeño velero flotando cerca de las islas Rodríguez. Durante 10 minutos se imaginó una vida tumbado al sol, pescando su comida y leyendo sus libros favoritos. Solo.

Devolvió el revolver al cajón, agarró el pasaporte y salió por la puerta. No llamó a sus hijos, no le dijo nada a su mujer, no dejó una carta de despedida.

Desapareció.

-El Puñal

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Asesino

La noche fue dura. Ahora, Viktor, casi no lo quiere recordar, pero anoche se convirtió en asesino. Tres disparos, tres balas, heridas en el pecho y el estomago, un cadáver. Ahora, el sonido metálico de la munición corriendo por la pistola, la explosión al llegar a la boca del cañón, el silbido al cortar el viento a toda velocidad, el resquebrajamiento de millones de células al impacto con el cuerpo de su víctima y, finalmente, el frenazo seco al llegar a su punto fatídico, a un órgano vital, se repiten una y mil veces en su cerebro.

Mil sonidos, todos ensordecedores, pero el que más le perturba es el último: el ruido del silencio que causa una bala al destrozar un corazón.

 

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Their still in your eyes

Uno de los estribillos más chulos que he escuchado en un buen tiempo.

their still in your eyes
and now that your gone to some place else
I can’t save you
because the brightest lights are closing in on us.

It’s not your fault
You didn’t see it coming
90 miles an hour
gone so fast and now you’re left with nothing
at all.

It’s not your fault
I give up every part of you
that they could spare
Mixed between the petrol
and the one lie
and it’s code

their still in your eyes
and now that your gone to some place else
I can’t save you
because the brightest lights are closing in on us.

but their still your eyes
and now that your gone to some place else
I can’t save you
so I’m giving every part of you away.

It’s not your fault
something
you made up to your bedroom every night
leaves us chasing memories and trying to understand
We can’t wait

But their still eyes
And now that your gone to some place
I can’t save you
because the brightest lights are closing in on us.

but their still your eyes
and now that your gone to some place else
I can’t save you
so I’m giving every part of you away.

*Oh my God*
What the hell just happened here?
*Oh my God*
What the hell just happened?

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Localidades improbables

~ Dedicado a mi amigo , el negro N.

“Una linea es una sucesión infinita de puntos “, pensó Augusto. Esa vía frente a el, era una sucesión infinita de localidades improbables, de las cuales Pipinas era tan solo una. Desde 1977 que el tren había dejado de pasar por la estación y el pueblo se había ido transformando paulatinamente en una caricatura vernácula de las películas del lejano oeste. Pero en Pipinas no había cowboys, ni cardos rodando por la calle principal; solo quedaba gente, la poca que había decidido no irse desde el cierre de la estación. Tantas veces había escuchado a su abuela comentando el mar de gente que venia por el pueblo el día que llegaba el tren a Pipinas. Incluso , en los sesenta llego a pasar tres veces por semana. Su propio abuelo materno había trabajado en la boletería de la estación por mas de veinticinco años, hasta el día que el infarto lo encontró dandole el vuelto a Don Bonifacio.

Augusto ya tenia treinta y siete años y desde los quince que trabajaba en el local de reparación de radios que había heredado de su padre. Su padre se había mudado a Pipinas desde Juan Lacaze, en el Uruguay donde había aprendido el oficio de reparación de radios a transistor de un negro que todos llamaban Boteco. También su padre le había narrado incansablemente lo distinto que era Pipinas en aquel entonces. Los domingos en la plaza del pueblo. La vez que paso el presidente y se alojo en la posada del Cangrejo. El resto eran solo recuerdos , casi todos de la época del tren.

Augusto había ido a la capital solo dos veces : para la final del mundial y para ver morir a su padre en el Hospital de Clínicas. Desde entonces no había vuelto ya que debió hacerse cargo del local de reparación para poder darle sustento a su pobre madre.

Fue en esa soledad desesperada de pueblo que una tarde encontró su razón de ser, el motivo por el cual nunca se iría de Pipinas. Una tarde, unos tres meses después del entierro de su padre, se decidió a ordenar el tallercito que se encontraba detrás del local de atención al publico. Mientras iba deshaciendose de viejos repuestos dio con un cajón que se encontraba oculto de tras de dos tachos de pintura de veinte litros. Al abrirlo no sabría que allí dentro encontraría, tal vez, la razón de su existencia. Una Sanyo del Sr. Arroyo fechada agosto de 1967. Dos Spika sin nombre pero con fechas previas al 59 ( tal vez provenientes del Uruguay ). Una Arvin de los años cincuenta dejada por la esposa del almacenero en Abril de 1971. Así fue descubriendo una increíble colección de radios a transistor que su padre había ido guardando. Trabajos que los clientes por un motivo u otro nunca pasaron a recoger. Cada radio era una historia. Detrás de cada una de ellas había un secreto motivo para que estuvieran allí archivadas en ese cajón de la central de reparación de radios a transistor de Pipinas.

La primera lagrima corrió por la mejilla de Augusto. Se acordo de su padre y por primera vez en veinticuatro años volvió a correr esa salada humedad por su rostro. No lloraba desde el día que partio el ultimo tren a Capital desde Pipinas. Pero este no era un llanto igual. No era un llanto con dolor, ni un llanto por haber perdido a su padre tan temprano. Era otra sensación inexplicable, como si en ese cajón olvidado tras las latas de pintura hubiera hallado no solo una cantidad de radios a transistor, sino mas bien la razón de su existencia.

Tantas veces se había preguntado que estaba haciendo aun en Pipinas. Todos sus primos se había ido. Todos sus amigos de la infancia estaban viviendo en la Capital o en el exterior. Sentía que el solo quedaba en Pipinas, como si fuera el ultimo espécimen de una especie en extinción. No tenia esposa ni hijos. Su única novia se había ido a estudiar a Cordoba y no había regresado mas nunca. En su ultima carta le había puesto que ella no tenia ya nada en común con ese pueblo. Augusto en cambio, sentía que tenia su destino atado a Pipinas. Aun después de que cerraron la estación, luego de la muerta de su padre, aun con la partida de sus primos y amigos, ante el abandono encontraba siempre motivos para quedarse. No sabia bien por que pero el se quedaba en Pipinas. Muchas veces cuando algún primo volvía de visita se encontraba repitiendo las usuales frases :  ” Y .. quien va a ocuparse de mama “, o ” El negocio solo no se atiende”. Sus primos siempre lo miraban con una mezcla de pena y admiración. Ellos también extrañaban algo de la vida en Pipinas. Había algo que en la Capital nunca hallarían.

Eso mismo fue lo que Augusto encontró en ese cajón perdido. Algo que en la Capital nunca hallaría. Una razón. Tal vez, la única razón.

Mientras desempolvaba una vieja Zenith Trans-Oceanic 7000 perteneciente al Doctor Dile, la idea lo golpeo como un martillazo en la sien. Esas radios habían sido dejadas allí por un motivo. Eran un documento que estaba aguardando ser descubierto y el lo había logrado desenterrar y ahora lo entregaría al mundo. Este hallazgo debía ser compartido con el resto de la humanidad. En breve Augusto abriría el primer “Museo de la Radio”. Imaginaba la gente llegando desde la capital en ómnibus, en auto, en moto. Los medios lo entrevistarían, le preguntarían por el origen de los aparatos, sobre su historia y sobres sus dueños. Es que este no seria tan solo un museo sobre la tecnología ( ya muerta ) de la radio a transistor. Seria un museo de la historia de esos aparatos y sus dueños, un museo de los motivos que llevaron al arribo de las radios a ese cajón, un museo único e inexistente.

Su madre lo apoyo en el emprendimiento. Decidieron transformar el living en la sala de exposiciones. El zaguán seria la entrada y el baño que se encontraba al lado de la cocina seria el que utilizarían los visitantes del museo. No fue difícil construir las vitrinas. Hubo que mudar los muebles al taller y cambiar los cuadros de lugar. Ademas en el frente de la casa pintaron: ¨Museo de la Radio¨. Los vecinos extrañados comenzaron a preguntar por la fecha de apertura. Augusto determino que seria adecuado inagurarlo el 18 de Junio, fecha de nacimiento de su padre. Quedaban tres semanas.

Se enviaron invitaciones al diario local, al intendente y por vía verbal a todos los vecinos de Pipinas. Llego el día 18  y todo estaba listo. Abrieron a  las 10 y sin ningún acto emotivo los vecinos comenzaron a admirar la exposición. Veintisiete aparatos de radio a transistor de catorce marcas diferentes. Las fechas de fabricación iban desde 1948 hasta 1975. Una colección única e improbable, tal vez tan improbable como el oficio de Augusto y la localidad de Pipinas.

Paso el intendente a eso de la una de la tarde, mientras iba camino a su religiosa siesta. La prensa local mando a su único reportero, quien entrevisto a Augusto por mas de veinte minutos. Augusto y su madre se sentían realizados. Los últimos en llegar fueron los primos que llegaron en un micro de la Capital a las 6 de la tarde. El museo se cerro a las ocho y antes de cenar Augusto decidió ir a dar una vuelta.

Sus pasos lo llevaron hasta la estación donde había trabajado su abuelo. Se sentó al borde del anden y miro esa vía interminable por la cual tantos habían llegado a Pipinas. Esa misma vía, que años antes, había traído su padre desde Juan Lacaze. Esa infinidad de puntos improbables que se hallaban desconectados unos de otros desde el cierre del ferrocarril. Cerro sus ojos e imagino esa estación en los años cincuenta, en la era en que las radios a transistor eran el articulo mas codiciado por los hogares modernos. En ese sueño consciente vio llegar el tren de la Capital, vio como no echaba tanto humo como el imaginaba. Vio bajar a su padre del segundo vagón, tan joven como en las fotos en blanco y negro que conservaba su madre. También lo vio caminando directamente hacia el con una sonrisa. Sintió su inconfundible presencia cuando se detuvo frente a el. Entonces percibió el abrazo de su padre que venia a agradecerle por la apertura de un museo que el mismo había soñado  tantos años antes.

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